La voz es reserva de expresión y de infinitas maneras de decir. El actor conoce esta faceta de su arte. Sabe que el espectro de la voz incluye todos los matices de intensidad, del grito al susurro. Sabe del poder de trascender la literalidad del idioma, del ir más allá.

La voz del actor debe  proyectarse y comprenderse en toda la sala, avasallar a la audiencia sin producir fatiga. Requiere estar sana, tener la altura tonal acorde a la edad y al sexo. La articulación del habla debe ser clara y no puede permitirse caer en artificios o afectaciones.

La actuación implica adaptar la voz de acuerdo con los requisitos del personaje que se interprete, puede obligar a modificar la altura normal de la voz (agudizándola o agravándola),  recrear vicios fonatorios (nasalizar, engolar, etc) y/o vicios articulatorios (ceceo, rotacismo, etc.). Todos estos esfuerzos llevados a cabo sin la técnica vocal adecuada  producen una caída en el rendimiento de la voz  o fatiga,  entorpeciendo y limitando su actividad. Embota la expresión, lo disipa de su verdadera labor creativa.

La ejercitación regular de la técnica vocal le permitirá al actor aumentar la conciencia física de su voz y la libertad para explorar con ella.